El pueblo que nadie eligió
I. Una cascada y una fábrica
Hay una cascada en el río Santiago que a finales del siglo XIX los viajeros extranjeros llamaron el Niágara mexicano. Caía con tal estrépito que se escuchaba desde lejos, y su fuerza era tan real, tan aprovechable, que en 1892 se construyó a sus pies la primera planta hidroeléctrica para servicio público de toda la República. Cuatro años después, en 1896, abrió sus puertas la Fábrica de Hilados y Tejidos Río Grande, con la razón social de Compañía Industrial Manufacturera: un edificio de inspiración Beaux Arts, ladrillo rojo fabricado en la ribera misma del río, y una chimenea de noventa metros que podía verse desde kilómetros a la redonda.
La fábrica llegó a tener 1,650 obreros. Sus dueños eran franceses, y en señal de ese origen importaron de Francia la imagen de la Madre Admirable —una Virgen joven, hilando— para que fuera la patrona de los trabajadores. Una ciudad dentro de una ciudad, a la orilla del salto de agua, junto a Juanacatlán y separada de ella apenas por el río. Así fue surgiendo El Salto.
¡Gracias por leer AMA ET QUOD VIS FAC! Suscríbete gratis para recibir nuevos posts y apoyar mi trabajo.
Hasta 1898, El Salto y Juanacatlán eran el mismo municipio. El río los separaba geográficamente pero la ley los unía. Lo que vendría después —la guerra, el fuego, los aviones cayendo en llamas— los separaría para siempre: en lo administrativo, y en lo que no tiene nombre fácil: el carácter, la identidad, la manera de entender a qué dios se le debe lealtad y a qué partido.
II. El 31 de julio de 1926: el día que callaron las campanas
Para entender lo que le pasó a Juanacatlán hay que entender primero lo que le pasó a México. Y para entender lo que le pasó a México hay que escuchar a Jean Meyer, el historiador francés que dedicó décadas a reconstruir la Cristiada entrevistando a sus sobrevivientes, que escribió que la Cristiada fue una guerra defensiva, y que esa guerra, más que la historia del conflicto político entre la Iglesia y el Estado, fue la narración en palabras de sus actores —campesinos, jornaleros, mujeres, curas perseguidos— de algo mucho más íntimo: el derecho a vivir la fe que habían heredado.
El 21 de junio de 1926, el presidente Plutarco Elías Calles firmó la ley que limitaba el número de sacerdotes, prohibía el hábito religioso en la calle, exigía el registro estatal del clero y convertía en delito penal la celebración de sacramentos sin autorización gubernamental. Lo que no calculó el gobierno —ni el episcopado, señalan los historiadores— fue el impacto de lo que vino diez días después.
El 31 de julio de 1926, el episcopado mexicano decretó la suspensión del culto público en todo el país como acto de protesta. Las iglesias cerraron. Las campanas enmudecieron. Ese domingo, por primera vez en siglos, no hubo misa en México. Jean Meyer documenta que antes de esa fecha los fieles multiplicaron los bautizos, las bodas, las primeras comuniones —como si se prepararan para un largo invierno. Cuando llegó, fue exactamente eso: el vacío donde antes había sacramento, ritual, comunidad, sentido. Una mujer de Los Altos de Jalisco lo recordaría décadas después con cuatro palabras: fue como si nos arrancaran el alma.
Para los campesinos de Juanacatlán y sus alrededores —gente que no iba a la escuela, que aprendió a leer si acaso en casa, cuya cultura era profunda aunque no letrada, cuyo mundo giraba en torno a la iglesia del pueblo como centro espiritual y social a la vez—, la clausura de los templos no fue una disputa abstracta entre el Estado laico y la jerarquía. Fue la supresión de algo tan concreto como el pan o el agua. El sacerdote, escribe Meyer, era en esos pueblos el jefe, el amigo, el consejero; su desaparición implicaba la muerte del alma, mucho más temible que la del cuerpo. Por eso tomaron las armas cuando lo hicieron: no porque alguien los convocara desde arriba, sino porque nadie podía soportar más.
III. La fractura interna: dos pueblos, dos mundos
Pero en el corredor del río Santiago las cosas no eran simples. Los obreros textiles de El Salto, organizados en sindicato, vinculados al proyecto político del régimen revolucionario, tenían una visión del mundo que no coincidía con la de los campesinos de las haciendas vecinas. Como ha documentado Moisés González Navarro en Cristeros y agraristas en Jalisco —cinco volúmenes publicados por El Colegio de México, la investigación más rigurosa que existe sobre el conflicto en el estado—, el agrarismo de los años veinte fue tanto un vehículo de transformación económica como un mecanismo de integración política al nuevo orden posrevolucionario. Los obreros de Río Grande eran parte de ese orden.
Así que la guerra encontró a Juanacatlán y a El Salto en orillas distintas —no solo del río. El inicio del movimiento cristero fue motivo de pugna entre los dos pueblos: los obreros de El Salto, adscritos al partido Rojo, pusieron oposición a los cristeros con una firmeza que terminaría costándoles, años después, la separación del municipio, formalizada en 1943. Roberto Arias de la Mora, en El Salto. Historia breve (El Colegio de Jalisco, 2023), lo confirma:
"En cuanto a esta última, se debe destacar que cuando se dio el movimiento cristero, los habitantes de Juanacatlán fueron violentados tanto por los federales como por las fuerzas cristeras. No así los habitantes de El Salto, quienes eran defendidos por los soldados."
Esa fractura —obreros industriales de tendencia laica frente a población rural de devoción arraigada— es real y está documentada. Pero sería un error leerla como prueba de que los cristeros locales eran fanáticos y los obreros sensatos. Lo que era era una división de mundos: el mundo de quien construyó su identidad en torno a la fe y vio cómo el Estado la criminalizaba, y el mundo de quien construyó su identidad en torno al sindicato y vio en los cristeros una amenaza a lo que con tanto esfuerzo había ganado. Dos miedos distintos. Dos lealtades distintas. La misma incapacidad de entender al otro.
IV. Gabino Flores Torres: el hombre de Zapotlanejo
Nació el 19 de febrero de 1905 en Corralillos, municipio de Zapotlanejo, Jalisco. Era el noveno hijo del matrimonio de Gabino Flores López y Agapita Torres. Se llamó Gabino Flores Torres —no Gavino, como lo escribirán mal las crónicas locales durante décadas— y tenía veintidós años cuando tomó las armas el 1 de enero de 1927.
Antes de ser soldado, Flores había formado parte de la Unión Popular, la organización cívico-religiosa que Anacleto González Flores había construido en Jalisco con la solidez que la propia Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa no pudo igualar. Jean Meyer escribió que allí donde en el occidente de la República se leía Liga, en realidad había que entender Unión Popular. Flores era parte de esa red, que no era una conspiración clerical sino una respuesta civil organizada a una persecución real.
Anacleto González Flores fue ejecutado por el gobierno el 1 de abril de 1927, después de ser torturado. Tenía treinta y tres años. Sus últimas palabras fueron: Yo muero, pero Dios no muere. Viva Cristo Rey. Era abogado, laico, no sacerdote; murió por lo mismo que murieron los campesinos que apenas sabían leer: por negarse a renunciar a lo que creía. Gabino, por su parte, siguió vivo y siguió combatiendo. A principios de 1928, el general José Reyes Vega lo ascendió a coronel y lo puso al mando del Regimiento Gómez Loza, con un territorio que iba desde el sur de Tepatitlán hasta Tonalá —y en su borde más al sur, hasta Juanacatlán.
En su mejor momento, Flores llegó a liderar 1,500 hombres. Su apodo era El Bravo, y no era retórico. A finales de 1928, junto al cristero Félix Barajas, atacó Puente Grande, situándose peligrosamente cerca de Guadalajara. Era un proletario al frente de un ejército de proletarios: Meyer documenta que la inmensa mayoría de los cristeros eran campesinos, rancheros modestos, jornaleros, gente que no poseía tierras y que vivía del trabajo de sus manos. Cerca del sesenta por ciento nunca había ido a la escuela. No peleaban por la Iglesia como institución —la Iglesia, de hecho, tardó en apoyarlos y terminó por negociar sin consultarlos. Peleaban por el derecho a bautizar a sus hijos, a casarse ante Dios, a que alguien les administrara el viático cuando se estuvieran muriendo.
V. Abril de 1927: el primer ataque
El 17 de abril de 1927, los cristeros cruzaron el río Santiago y entraron a El Salto. Buscaban a los directivos sindicales de la fábrica y a los miembros del comisariado ejidal —los representantes del orden que querían destruir. No los encontraron: se habían puesto a salvo amparados por un pequeño destacamento federal que se batió en retirada. Con unas pocas horas libres, incendiaron las valijas tricolores del correo, saquearon la Tienda Grande y la Cooperativa de los obreros, y quemaron la Biblioteca por contener literatura marxista.
Aquí aparece uno de los personajes más extraños y humanos de toda esta historia: el Capitán Cristero Santiago Calvillo era un antiguo vecino de El Salto, un ex obrero de la misma fábrica textil. Fue él quien contuvo a sus propias tropas para que no cometieran peores desmanes contra el pueblo donde había vivido y trabajado. Un hombre que había cruzado el río —literalmente— para unirse al bando contrario, y que ahora protegía con su autoridad de capitán a sus antiguos compañeros. La historia de Calvillo es una de esas fisuras por donde la guerra deja de ser un relato limpio: ni traidor ni héroe simple, sino alguien que intentó, en medio del horror, que sus convicciones no lo convirtieran en monstruo.
VI. Marzo de 1929: la quema del archivo
En marzo de 1929, el coronel Gabino Flores tomó San Antonio Juanacaxtle y dio la orden de quemar el archivo municipal. No fue un acto casual: fue una decisión de mando, una de las últimas grandes campañas de los cristeros en la región. Con ese fuego desaparecieron documentos irremplazables sobre la historia del pueblo, y esa laguna en la memoria colectiva —ese silencio donde debería haber palabras— se extiende hasta hoy.
Fue un acto de destrucción que la historia no puede absolver. Pero también es necesario decir que el ejército federal respondía con su propia violencia sistemática: Jean Meyer documentó, con la frialdad del historiador, que mientras generalmente la federación mataba, violaba y pasaba por las armas sin más a los prisioneros o a los pacíficos vecinos de los pueblos, generalmente los jefes cristeros dejaban en libertad a sus prisioneros federales. Generalmente. Las excepciones de ambos lados —agraristas exhibiendo cabezas, cristeros colgados de postes de telégrafo— son la evidencia de que ningún bando salió de aquella guerra con las manos limpias.
VII. La batalla del puente
El ataque directo a Juanacatlán fue un enfrentamiento de mayor envergadura de lo que sugiere el tamaño del pueblo. El gobierno federal lo sabía: el 51 Batallón y el Tercer Regimiento guarnecían todo el sector que comprendía Ocotlán, Juanacatlán, Poncitlán, Jamay y La Barca —el Sexto Sector Militar del estado—, lo que revela que el corredor del río Santiago era estratégicamente importante.
Juanacatlán fue defendida por un regimiento federal con frente en el puente, auxiliado por agraristas de El Castillo y la defensa social de El Salto —los obreros de la fábrica textil—, encabezados por Manuel Orozco con Isidoro Vázquez. En el Puente Grande se encontraban Quirino Navarro y Rosario de Orozco, unidos al regimiento del General Miguel Hernández. El gobierno envió también aviación. Dos aviones sobrevolaron la zona. Uno fue alcanzado por el fuego de un francotirador vecino de Juanacatlán y fue a caer en llamas al aeropuerto militar de Guadalajara.
Esa imagen —un hombre del pueblo disparando contra el avión que defendía a su pueblo— es la imagen perfecta de esta guerra: no había posición segura, no había inocentes, no había un bando que protegiera a todos. Los mismos campesinos de Juanacatlán estaban divididos entre quienes peleaban con los federales y quienes peleaban con los cristeros. La geografía del conflicto era también una geografía de las familias.
VIII. Tepatitlán, 19 de abril de 1929: la victoria y el principio del fin
Un mes después de la toma de Juanacaxtle, Gabino Flores protagonizó lo que sería su mayor victoria y, sin saberlo, el último gran acto de la guerra en la región. El 19 de abril de 1929, bajo las órdenes del general Reyes Vega, derrotó a fuerzas federales y agraristas en la Batalla de Tepatitlán. Comandaba 300 hombres. Los federales eran 2,000.
El movimiento fue una tenaza: los hombres de Flores, apostados en la zona de Españita, atacaron la retaguardia de la columna federal mientras Reyes Vega presionaba por el frente. No buscaban rodear completamente al enemigo —no tenían los hombres para eso— sino desorientarlo, forzarlo a retroceder. Lo lograron. Fue una victoria táctica que un corrido inmortalizó poco después: el Combate de Tepatitlán, que nombra a Gabino Flores como su protagonista central.
Pero esa victoria llegó en el momento más cruel posible. Para cuando Flores ganó en Tepatitlán, la guerra ya estaba perdida en otro frente: el de la negociación secreta. El episcopado y el gobierno llevaban meses hablando, sin informar a los cristeros que seguían muriendo en el campo. El general cristero Enrique Gorostieta Velarde —el jefe militar más capaz del movimiento— fue emboscado y asesinado el 2 de junio de 1929, apenas semanas antes de la firma de la paz. Caído su general, el destino de la contienda estaba escrito.
IX. Los arreglos: la paz que no fue
El 21 de junio de 1929, el presidente Emilio Portes Gil y el episcopado mexicano llegaron a los llamados Arreglos Cristeros. El culto se reanudaba, los obispos regresaban del exilio, el Estado prometía no aplicar las leyes anticlericales con rigor. No hubo reforma constitucional —los artículos que habían desatado la guerra permanecieron intactos hasta 1992. No hubo amnistía real. No hubo justicia para los combatientes.
Fue, como escribiría Meyer, un arreglo entre élites. El episcopado negoció con el gobierno sin consultar a los cristeros que seguían peleando en el campo. Los combatientes —treinta o cuarenta mil hombres en ese momento— recibieron la orden de cesar la lucha y entregar las armas. No fueron informados de los términos. No fueron consultados. El general Degollado Guízar los licenció con palabras que son quizás el epitafio más honesto de toda la guerra: La Guardia Nacional desaparece, no vencida por nuestros enemigos, sino abandonada por aquéllos que debían recibir, los primeros, el fruto valioso de sus sacrificios y abnegaciones. Ave, Cristo, los que por ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a una muerte ingloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos y una vez más te aclamamos Rey de nuestra patria.
Los cristeros, escribe Meyer, se sintieron traicionados y abandonados por sus pastores. Sabían que no podían confiar en la palabra del gobierno. Y sin embargo, obedecieron. Eso también es parte de esta historia: la obediencia de quienes habían peleado por la fe fue también una forma última de fe. Se rindieron creyendo que alguien, en algún lugar, cumpliría lo prometido.
Nadie cumplió. El gobierno respetó los arreglos, según Meyer, más o menos un año. Después vino la persecución silenciosa, los asesinatos extrajudiciales, la violencia contra quienes habían depuesto las armas confiando en una amnistía que era una trampa.
X. El fin de Gabino Flores
Gabino Flores no se rindió el 21 de junio. Esperó hasta recibir la orden directa de su superior jerárquico, el general Degollado Guízar. Solo entonces entregó las armas, en agosto de 1929, en Zapotlanejo —el mismo municipio donde había nacido, veinticuatro años antes.
En la noche de su rendición fue emboscado por la misma tropa que lo había amnistiado. Logró escapar y mató al oficial que mandaba el destacamento. Vivió poco más de un año como fugitivo. El 11 de octubre de 1930, soldados federales al mando del coronel Rafael Esquinca lo emboscaron y lo asesinaron junto a su asistente Beremundo Villalobos. Tenía 25 años.
En la capilla de Milpillas, en Tepatitlán, hay una placa que dice: la comunidad dedica en memoria del Héroe Cristero Coronel Gabino Flores, quien murió en este lugar por defender la religión católica en México. Dios, Patria y Libertad. La fecha grabada en la placa está equivocada —dice 1932, cuando fue 1930— pero eso también es parte de la historia: la memoria que se preserva en piedra a veces también se equivoca. Y las familias de los que murieron así, asesinados después de la paz por los mismos que los habían amnistiado, tuvieron que cargar con ese muerto sin poder llamarlo mártir oficial ni héroe reconocido. Solo un muerto más de una guerra que, según el gobierno, ya había terminado.
XI. Lo que quedó: el inventario del daño
Juanacatlán salió de la guerra con un inventario de pérdidas que no se puede recuperar. El archivo municipal, quemado. Los cascos de haciendas que habían sobrevivido a la Revolución de 1910, destruidos. La vía del tren que comunicaba al pueblo con Guadalajara —que llegaba hasta el entonces joven barrio de La Playa—, levantada. La Basílica Lateranense, cerrada durante los tres años de conflicto, con los sacramentos administrados en casas particulares, de noche, en el campo.
Ese último dato —la Basílica silenciada— no es solo un hecho religioso. Es el retrato de una comunidad que practica su fe en la clandestinidad, que convierte el secreto en liturgia, que aprende que lo sagrado puede sobrevivir sin templo pero no sin memoria. La ironía es que la guerra que se hizo en nombre de esa fe destruyó buena parte de los documentos que habrían permitido recordarla.
La separación territorial entre El Salto y Juanacatlán, formalizada en 1943, tiene sus raíces directas en las pugnas de la Cristiada. El sindicato obrero de la fábrica Río Grande y sus conflictos con la cabecera municipal —alimentados por haber estado en bandos distintos durante la guerra— fueron el motor de esa escisión. Una guerra de tres años que dejó dos municipios donde había uno.
XII. La Segunda Cristiada: el capítulo olvidado
La historia no terminó en 1929. Los cristeros que sobrevivieron a la guerra y a la persecución posterior vieron llegar el cardenismo con la misma sensación de déjà vu. Cuando Lázaro Cárdenas asumió la presidencia en 1934, heredó un Plan Sexenal que pretendía abrir doce mil nuevas escuelas rurales con instrucción socialista. La respuesta católica fue inmediata. Los campesinos que habían bajado las armas en 1929 sintieron que se confirmaba lo que siempre habían temido: que la paz había sido una tregua.
La Segunda Cristiada, que comenzó en noviembre de 1934 y se prolongó hasta 1941, fue más silenciosa y dispersa que la primera, pero igualmente real. En Jalisco tuvo sus momentos más intensos entre 1934 y 1936, cuando la resistencia a la educación socialista se convirtió en el nuevo frente del mismo conflicto. No hubo reforma constitucional que derogara las leyes: eso no ocurriría hasta 1992. Pero el Estado fue cediendo: la educación socialista se abandonó, las iglesias volvieron a abrir, la persecución se hizo más discreta.
En Juanacatlán, los cristeros habían quemado una biblioteca en 1927 por contener literatura marxista. Que el Estado llegara ahora a imponer educación socialista en las escuelas del pueblo era, para muchos vecinos, la confirmación de lo que la guerra había intentado impedir. El conflicto no desapareció con la paz: se desplazó a los salones de clase, a las familias, a los silencios que duran décadas.
XIII. El pueblo que nadie eligió
Juanacatlán nunca eligió estar en el centro de nada. No eligió que la cascada de su río fuera suficientemente poderosa para mover una fábrica. No eligió que esa fábrica trajera obreros con otras ideas. No eligió que la frontera entre dos proyectos de país —el católico y el revolucionario, el campesino y el obrero— pasara exactamente por el puente sobre el Santiago.
Lo que sí sufrió fue pagar el precio de estar en medio. Sus haciendas quemadas, su archivo quemado, su vía del tren levantada, su basílica cerrada, sus muertos de ambos lados, su municipio partido en dos. Y los hombres que pelearon en nombre de su fe —esos campesinos que no habían ido a la escuela, que aprendieron a leer si acaso en casa, que según Meyer mostraban una sorprendente cultura cristiana— fueron primero abandonados por los obispos que habían iniciado la guerra, luego asesinados por los soldados que les habían prometido la paz, y finalmente silenciados durante décadas en los libros de historia de un país que prefirió no hablar de ellos.
Jean Meyer fue el primero en despolvar esa historia de los archivos y de la memoria de los sobrevivientes. Lo que encontró no era fanatismo ni reacción: era la vida y la muerte de los campesinos católicos sublevados —así titula su libro— que pelearon por algo tan elemental como el derecho a que sus muertos tuvieran funeral, a que sus hijos fueran bautizados, a que alguien les dijera en su idioma y con los ritos que conocían que había algo después de esto.
El coronel Gabino Flores, que llegó desde Zapotlanejo con su regimiento y su apodo de El Bravo, ganó la batalla de Tepatitlán el 19 de abril de 1929, entregó las armas en agosto del mismo año y fue asesinado catorce meses después, a los 25 años, por los mismos hombres que le habían prometido la paz. Cada año, en Tepatitlán, se hace una cabalgata en su honor. El recorrido termina en la capilla de Milpillas, donde está la placa con la fecha equivocada.
En Juanacatlán, el río Santiago sigue corriendo. La fábrica Río Grande cerró en 1996, después de cien años. La cascada que los viajeros llamaban el Niágara mexicano ya no existe: la represa la redujo a un hilo. El puente sobre el que se combatió sigue en pie.
Referencias bibliográficas
Libros y obras de referencia
- Arias de la Mora, R. (2023). El Salto. Historia breve (Colección Municipios Metropolitanos, vol. 7). El Colegio de Jalisco / RIGLM. ISBN 978-607-8831-59-3.
- González Navarro, M. (2000). Cristeros y agraristas en Jalisco (Vol. 1). El Colegio de México. ISBN 978-607-628-552-7.
- González Navarro, M. (2001). Cristeros y agraristas en Jalisco (Vol. 2). El Colegio de México. ISBN 978-607-628-553-4.
- González Navarro, M. (2003). Cristeros y agraristas en Jalisco (Vol. 3). El Colegio de México. ISBN 978-607-628-710-1.
- González Navarro, M. (2003). Cristeros y agraristas en Jalisco (Vol. 4). El Colegio de México. ISBN 978-607-628-687-6.
- González Navarro, M. (2003). Cristeros y agraristas en Jalisco (Vol. 5). El Colegio de México. ISBN 978-968-121-118-9.
- Meyer, J. (1973). La Cristiada. Vol. 1: La guerra de los cristeros (1.ª ed.; 9.ª ed., 1985). Siglo XXI Editores. ISBN 968-23-0489-9 (vol. 1); ISBN 968-23-0153-x (obra completa).
- Meyer, J. (1974). La Cristiada. Vol. 2: El conflicto entre la Iglesia y el Estado, 1926–1929 (1.ª ed.; 9.ª ed., 1985). Siglo XXI Editores.
- Meyer, J. (1974). La Cristiada. Vol. 3: Los cristeros (1.ª ed.; 9.ª ed., 1985). Siglo XXI Editores. ISBN 978-968-231-981-5 (vol. 3).
- Fuentes institucionales y documentales
- Ayuntamiento de Juanacatlán. (2023). Crónica municipal de Juanacatlán. Gobierno Municipal de Juanacatlán. https://juanacatlan.gob.mx/docs/libro%20toto/cronica%20juanacatlan%202023.pdf
- Instituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal (INAFED). (s.f.). Jalisco – Juanacatlán. En Enciclopedia de los Municipios y Delegaciones de México. SEGOB. http://www.inafed.gob.mx/work/enciclopedia/EMM14jalisco/municipios/14051a.html
- Wikipedia, La enciclopedia libre. (2024, octubre). Gabino Flores Torres. Recuperado el 22 de febrero de 2026, de https://es.wikipedia.org/wiki/Gabino_Flores










