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Quálitas Primavera

Lo que nadie nos explicó cuando nos convertimos en adultas

Lo que nadie nos explicó cuando nos convertimos en adultas

SOMOS NUESTRA MEMORIA

Y muchas veces, también somos las heridas que nunca supimos nombrar.

Los niños no son adultos pequeños. Su manera de pensar es ingenua, concreta, profundamente imaginativa. Mientras una niña interpreta el mundo desde la emoción, una adolescente empieza a construir pensamiento crítico y abstracto. Ignorar esta diferencia no es un error menor: es el origen de muchos gritos, castigos injustos y culpas que se arrastran toda la vida.

Ahí es donde entra la psicología infantil. Esta disciplina estudia cómo niñas y niños piensan, sienten y se vinculan con el mundo desde el nacimiento hasta alrededor de los 12 años, cuando inicia la adolescencia. Pero más allá de los libros y teorías, su verdadero valor está en la vida cotidiana: en la casa, en la escuela, en la calle, en la forma en la que educamos… o dañamos.

En el consultorio he escuchado cualquier cantidad de abusos contra los niños, como no tienen idea, al grado de que se puede hacer un diccionario de los niveles de frustración y maldad que muchos adultos han cometido contra sus propios hijos, por culpa de padres que siguen repitiendo una y otra vez la forma en la que fueron criados.

Ninguna madre ni padre recibe un instructivo al tener un hijo. Nadie nos explica cómo acompañar un berrinche, cómo leer un silencio prolongado o cómo responder cuando una niña pregunta algo que nos confronta con nuestra propia historia. Conocer a nuestros hijos también nos obliga a conocernos a nosotras mismas. Y eso, aunque incómodo, es profundamente transformador.

Cuando una mujer comprende la historia emocional de su hijo, su propia vida adulta cambia. Se resignifica. Crece. Sana. En cambio, cuando desconocemos nuestra propia historia emocional cargada de odio, resentimiento o miedos, y también cuando desconocemos a nuestros hijos —cuando minimizamos su llanto o invalidamos su miedo— el desgaste aparece: frustración, cansancio, amargura. Y eso siempre deja huella, tanto en ellos como en nosotras.

Existe una frase antigua que dice que si se instruye al niño en su camino, no se apartará de él al crecer. No es magia ni moralina: es neurodesarrollo. Sabemos que muchos adultos violentos fueron niñas y niños profundamente dañados. Pero también es cierto algo que incomoda aceptar: no toda infancia rota produce un adulto violento.

¿Dónde está la diferencia? En los vínculos fuertes con familiares o amigos; En la presencia de al menos un adulto que miró, escuchó y protegió; En la reflexión que tienen las personas, sepan leer o no, sobre problemas ajenos que son de sus padres.

La crianza se aprende, se ejercita y es un acto de profunda valentía. A veces desde la infancia, a veces ya siendo adultas, reparando lo que nadie reparó por nosotras. Por eso es urgente hablar de crianza positiva como una política pública real, no como discurso vacío. No basta con buenas intenciones ni campañas bonitas: se necesitan leyes, presupuesto, formación y seguimiento. Para seguir dándole atole con el dedo, ya tenemos suficiente con algunos que no saben dónde están parados.

Hoy seguimos exigiendo una Ley de Crianza Positiva porque lo que está en juego no es ideología, es salud mental. Pero vemos con preocupación cómo muchos legisladores prefieren hacerle al engabanado. Algunos por incapacidad, otros por complicidad. Ojalá la minoría de diputados que piensa y siente responsabilidad social haga algo más que prometer.

Cuidar la salud mental de niñas y niños es cuidar el país que seremos mañana, es un acto humano que va de la ternura a las capacidades puestas al servicio de ellas y ellos, es hacer de nuestras energías semillas, que esperan una cosecha fructífera, sin reproches y sin remordimiento. Lo bueno en psicología se cocina lento, con dedicación a diario.

Y quizá, al hacerlo, también podamos sanar un poco a esa niña que muchas mujeres llevamos dentro.

Causas y azares…

·     Se anuncian estrategias de salud mental sin financiamiento público, diseñadas lejos del territorio y de las familias. Se responsabiliza a la sociedad en el discurso, pero se le abandona en los hechos. Y entonces llegan las tragedias que luego fingimos no entender.

·     Los casos de violencia extrema no aparecen de la nada. Son historias que pasaron antes por los consultorios, aulas, hogares y servicios de salud mental, ahora rebasados. Son advertencias ignoradas. Y cada una de ellas nos recuerda que invertir en la infancia no es un lujo, es prevención.

·     En psicología hemos observado como cientos de personas como Julio César Jasso de 27 años, autor de la masacre en Teotihuacán, han pasado por servicios de salud mental públicos y privados, pero por la falta de una política de salud mental medianamente bien hecha, se quedan como historias anónimas, sin respuesta clara para los contribuyentes.

Hasta la próxima, que cuando yo era niño, yo no sabía entonces de la muerte, en ese entonces yo era inmortal.

www.facebook.com/psicologoclinicomexico

Sobre el autor:

Boris González Ceja

Es experto en proyectos de salud mental para resultados y fortalecimiento de equipos de especialistas en psicología en temas de violaciones graves de derechos humanos. Consultor de organismos nacionales como la Universidad Nacional Autónoma de México UNAM e internacionales como el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo PNUD y la Agencia Alemana de Cooperación Internacional GIZ. Notoriedad por excelentes estudios de psicología, investigaciones para leyes y por resolver problemas acuciantes a nivel internacional desde la ciencia psicológica.

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*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de La Cascada*

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